Se rasca la cabeza, como siempre suele hacer cuando recuerda esos momentos que ahora le taladran el alma. Cierra los ojos y una imagen viene a su mente. En esa imagen hay una casa, hay una reja que se abre todas las mañanas a la misma hora y hay una chica. La dulce rutina de cada día que se desvaneció sin motivo aparente.
Él, con el sueño todavía pegado a los párpados salía cada día para encontrarse con ella. Apenas cruzaban dos palabras, alguna broma y un sutil gesto, pero les bastaba.
Puede que ella cambiara su camino. Puede que él cambiara sus horarios. Sea como fuere, nunca se volvieron a encontrar. Nunca, hasta aquella mañana.
En sus ojos se reproduce una y otra vez la misma escena y se maldice una y mil veces. Ella, paseaba con sus libros bajo el brazo y sus ojos se estremecieron al verle. Él, que volvía a casa, se apresuró a buscar la llave correcta y abrir la reja. No podía creer no haber sido capaz ni siquiera de articular un simple "hola". Bajó la mirada, hundió su cabeza entre sus manos. Cuando volvió a levantar su rostro hacia el cielo todo era negro. Aquella luna se había marchado sin despedirse y él tan sólo era otra sombra más perdida en la noche.