domingo, 10 de junio de 2012

Quizás Oniria sueña y él duerme sin saber

Y mientras él, apoyado en el alféizar de su ventana observa la delicada y frágil luna. Parece que en cualquier momento se fuera a agrietar, como si fuera a soltar una lágrima y un grito de auxilio por no querer desaparecer, porque quiere permanecer allí, colgada de las estrellas.
Se rasca la cabeza, como siempre suele hacer cuando recuerda esos momentos que ahora le taladran el alma. Cierra los ojos y una imagen viene a su mente. En esa imagen hay una casa, hay una reja que se abre todas las mañanas a la misma hora y hay una chica. La dulce rutina de cada día que se desvaneció sin motivo aparente.
Él, con el sueño todavía pegado a los párpados salía cada día para encontrarse con ella. Apenas cruzaban dos palabras, alguna broma y un sutil gesto, pero les bastaba. 
Puede que ella cambiara su camino. Puede que él cambiara sus horarios. Sea como fuere, nunca se volvieron a encontrar. Nunca, hasta aquella mañana.
En sus ojos se reproduce una y otra vez la misma escena y se maldice una y mil veces. Ella, paseaba con sus libros bajo el brazo y sus ojos se estremecieron al verle. Él, que volvía a casa, se apresuró a buscar la llave correcta y abrir la reja. No podía creer no haber sido capaz ni siquiera de articular un simple "hola". Bajó la mirada, hundió su cabeza entre sus manos. Cuando volvió a levantar su rostro hacia el cielo todo era negro. Aquella luna se había marchado sin despedirse y él tan sólo era otra sombra más perdida en la noche.