Puede que nos cueste asumirlo, pero a cada uno nos ha tocado, en el mayor de los sorteos, que es la vida, una forma de vivirla, de afrontarla, de plantarle cara o de mirar para otro lado.
Elegimos nuestros actos aunque no tengamos elección respecto al lugar en que nacemos; somos dueños y señores de cada una de nuestras decisiones y sólamente de nosotros mismos dependerán sus consecuencias. Tenemos el poder de hacer llorar, reír, enamorar… sentir. Somos capaces de sentir y hacer que otros sientan. En tu mano está decidir qué quieres que sienta y en la mía lo que quiero sentir. Sólo si hay acuerdo es posible unir esos dos sentimientos en uno solo. Tu decisión y la mía harán posible esa unión, una unión que se hará fuerte, que crecerá… o que se irá debilitando hasta resquebrajarse en mil pedazos y caer ante nuestros pies. ¿Seguir hacia delante o evitar el abismo que vendrá después de que todo se venga abajo? ¿Y si nada se rompe? ¿Y si, simplemente, no hay nada que estropear porque nunca existió unión alguna?
Como autómatas diseñados para equivocarnos una y otra vez repetimos los mismos errores. No tropezamos dos veces con la misma piedra, sino tantas veces como esta se nos ponga delante. Incluso me atrevería a decir que, en ocasiones, parecemos ir buscándola para tropezar y caer y tener así una excusa que nos obligue a levantarnos y continuar.
Quizás sea eso lo realmente importante... Continuar… seguir caminando…
“La vida es desierto y oasis. Nos derriba, nos lastima, nos enseña, nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia. Aunque el viento sople en contra la poderosa obra continúa. Tu puedes aportar una estrofa”.
Walt Whitman

