Era una noche
cualquiera de un día aleatorio, de un mes que no viene a cuento y de un
año en el que nada importante ocurrió.
La gente continuaba pasando a su lado. Gente sin rostro, para ella
solamente eran sombras que caminaban deprisa y no miraban a quien les pedía una
limosna. Ella permanecía allí, sentada en aquel banco de madera astillada. Con
cada vuelta del segundero de su reloj aumentaba su desesperación y se borraban
sus esperanzas. No entendía como había sido tan estúpida de creer que realmente
aparecería. ¿Qué importancia podía tener sobre el resto de personas? ¿Acaso
tenía algo que la hiciera diferente?
Pese a que las ganas de hacer algo martilleaban con furia en
su pecho no se dio por vencida. ¿Y si
aparecía? ¿Qué pasaría si la viera levantarse e irse? ¿Se acercaría para
agarrarla de la mano y demostrarle que estaba allí? No, no podía darle plantón.
Esperaría…
Aún hoy sigue esperando. Sigue anhelando una respuesta, un
camino acolchado sobre el que caminar descalza resulte fácil. Sigue esperando
flores de quien nunca se atrevió a mirar a la cara, del que huía cuando le
dedicaba una sonrisa o le ofrecía fuego
para encender su cigarrillo. No se ha cansado, sigue esperando, con el alma tan
astillada como el banco sobre el que se sentaba. Quién sabe si en algún momento
decidirá ser ella quien ofrezca fuego.
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