domingo, 22 de abril de 2012


Era una noche  cualquiera de un día aleatorio, de un mes que no viene a cuento y de un año en el que nada importante ocurrió.  La gente continuaba pasando a su lado. Gente sin rostro, para ella solamente eran sombras que caminaban deprisa y no miraban a quien les pedía una limosna. Ella permanecía allí, sentada en aquel banco de madera astillada. Con cada vuelta del segundero de su reloj aumentaba su desesperación y se borraban sus esperanzas. No entendía como había sido tan estúpida de creer que realmente aparecería. ¿Qué importancia podía tener sobre el resto de personas? ¿Acaso tenía algo que la hiciera diferente?
Pese a que las ganas de hacer algo martilleaban con furia en su pecho no se dio por vencida.  ¿Y si aparecía? ¿Qué pasaría si la viera levantarse e irse? ¿Se acercaría para agarrarla de la mano y demostrarle que estaba allí? No, no podía darle plantón. Esperaría…

Aún hoy sigue esperando. Sigue anhelando una respuesta, un camino acolchado sobre el que caminar descalza resulte fácil. Sigue esperando flores de quien nunca se atrevió a mirar a la cara, del que huía cuando le dedicaba una sonrisa o le ofrecía  fuego para encender su cigarrillo. No se ha cansado, sigue esperando, con el alma tan astillada como el banco sobre el que se sentaba. Quién sabe si en algún momento decidirá ser ella quien ofrezca fuego.


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